QUE POR MAYO ERA, POR MAYO
El blanco es un color precioso. Como
la leche calentita con galletas, como el color del pelo de mi perra o como los
cirros y cumulonimbos que atraviesa Superman cuando vuela. También es un
fastidio vestir de blanco, es cargar todo el día con el miedo de mancharte con
algo, y el miedo exige responsabilidades. Podría cerrar los ojos y ponerme el
pijama sin dificultad. Después de 35 años haciéndolo todos los días podría
abrir la tercera taquilla de la fila del medio empezando por el lado de la
puerta, guiar mis manos hacia el fondo y reconocerlo por la textura de la tela —suave
pero fuerte-. Meter primero la pierna derecha, la izquierda después y acomodar
la elástica en el mismo punto exacto de la cintura que todos los días. Finalmente,
en uno o quizás dos movimientos, encajarme la parte de arriba y colgarme al
cuello la cinta con la tarjeta que lleva mi nombre y una foto algo antigua. En
esa foto aun tenía el pelo menos cano y la mirada no me hacía tantos surcos al
sonreír.
Como una antigua fortaleza, el
hospital está clavado en la ladera de la montaña y se puede ver desde mi casa,
desde el parque o desde la heladería en la que te ponen triple bola si se lo pides. Aquí
dentro, en el hospital, vemos los tejados de las casas y las fachadas de los
edificios, que ahora de noche parecen muchos monstruos negros con ojos
amarillos que nos miran. Los monstruos están en todas partes ahí fuera, sea de
día o de noche. No son grandes como aparecen en las películas, más bien son tan
pequeños que parecen invisibles y se nos pegan a la ropa, se nos meten por los
ojos y en esos huecos que hay entre los dedos de las manos. Se enciende la luz de
la puerta de la habitación 246, que es la habitación del Señor Feliz. Feliz es
su apellido que, por otro lado, no es indicativo de su estado habitual de ánimo,
más cercano al enfado. Lleva un mes y doce días aquí, los primeros quince creímos
que se nos iba, pero al final resultó que no se fue porque aun tiene cosas
importantes que hacer. Tiene que recoger las calabazas y los calabacines de la
huerta, que este mes de mayo van a salir más grandes que el año pasado porque
les cambió el sistema de riego por uno más regular. Y los tomates, también los
tomates, que son una fruta aunque casi nadie lo sepa. Además, su nieto, de la
misma edad que el mío, cumple diez en agosto y le prometió que irían al monte a
ver los lobos.
Durante la noche cuido de que las
personas que han sido atacadas por monstruos duerman sin preocuparse de que
algo malo les puede ocurrir. Superviso sus medicaciones, les llevo agua o les
atiendo algún dolor sobrevenido. Esta noche hay silencio en la planta segunda,
el Señor Feliz siente un dolor en el pecho, dice, pero se toca la parte baja de
las costillas. El Señor Feliz ya se está recuperando del monstruo que le dejo
en cama, pero está tan débil que vivir le duele todavía un poco, porque vivir
duele un poco algunos días. Su compañero de habitación se murió antes de ayer y
la muerte es un asunto complicado de llevar para los vivos, aunque sepamos que está
ahí, como lo están las monedas que se chocan y suenan en el fondo de un bolso
sin que las podamos encontrar con la mano. Me siento a los pies de la cama del
Señor Feliz que aunque no requiera de mis cuidados como enfermera, necesita
hablar un rato. Me dice que el vecino ha muerto con todo hecho, aunque siempre
se puedan hacer más cosas, claro, pero que ha muerto con cara de tranquilo y
con la cabeza no tan perdida como la tenía. Lo sabe porque esa tarde del día
que murió, cantó el «Romance del prisionero» de cabo a rabo, se acordó al
fin de la última parte, lo de “Matómela-un-ballestero; ¡Dele-Dios-mal-galardón!”
y no solo de la primera que va de un pájaro que le habla a un prisionero. El Señor
Feliz llora un poco con disimulo. Sacude la cabeza y me pregunta que cómo va la
batalla —me llama jefa-. Le cuento que los monstruos se están yendo sin
remedio, que les estamos ganando. Escenifico cómo aparecemos alineados y
organizados con esos trajes aparatosos, como un ejército de hormigas obreras; que
nos duelen los pies, la espalda, la cabeza nos echa humo, pero que aguantamos firmes
igual que un buen mástil. Los monstruos son de un color parecido al verde,
tienen escamas en la cara y pelo en el cuerpo; y aunque no hablan ni hacen
ruido, tienen la boca siempre abierta con dientes negros y picudos. Estamos
buscando entre todas las cosas que hay en nuestro mundo una fórmula para
echarles. Miro debajo de la cama, detrás de la puerta del baño, en los armarios
y le digo que no están. No-están-no-están. Me subo de un salto en la silla y
como si sostuviera una espada invisible que ondeo a un lado y a otro le digo,
alzando un poco el tono, que nos tienen más miedo ellos que nosotros. El Señor
Feliz ríe y yo río contenta, me tiro al suelo y ruedo contenta. Oigo de pronto
que me llaman al otro lado del pasillo, pero continúo gritándoles a los
monstruos que yo soy más fuerte. Tengo mucha fuerza aunque esté cansada y quede
toda la noche por delante. Se aproxima la voz del pasillo y de pronto se abre
la puerta.
— Pepe,
te llevo una hora llamando a cenar, ¿se puede saber qué haces?
— Ya
voy Mamá, estaba jugando a salvar el mundo, como la abuela.

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